Cris Romagosa

bienvenida

Hace tiempo hablaba de mi resina, fluyendo por cada poro de mí, escupiéndola, porque volvía a correr. No sabía hacia dónde, pero sabía que debía volver a la tierra, a la madera, a curtir cortezas, a nutrir raíces. Pero no me imaginaba que lograra sentir como un bosque podía acogerme así. Aún temerosa no puedo dejar de sentirme fascinada y admirar todo su esplendor. 

Me preguntaba cómo sería la luz de las nuevas ventanas. Aún no puedo olvidar las que me han alumbrado todo este tiempo, de hecho, siento una gran tristeza cuando pienso, que mi cabaña formará parte de mi historia, y que deberé despedirme de ella ya… aún contengo esas lágrimas, esa historia para su momento.

Por ahora, intento abrazar lo que me brindan estas montañas, estas nuevas ventanas, la tierra, los cielos, las estrellas, la luna… dejo que se regodeen en su máximo esplendor.

Cuando creía haber visto sus intenciones, comenzaron a brotar caballos salvajes, ovejas y crías, desfilando ante mí, con una belleza tan terriblemente absurda que no cabía en mi asombro. Y luego sapos, halcones, cuervos, bandadas de gorriones… puro espectáculo.

La naturaleza me ha desbordado. Siento que debe percibir mi agradecimiento y admiración, pero estoy en deuda con ella. Persigo cada regalo que me ofrece, el sol dorándose al enfriarse la tarde, la luna columpiándose en el margen de las montañas…

He nacido en la ciudad, aunque siempre con la cabeza vuelta a la naturaleza, y he llegado con la maleta, cargada de muchos años, anhelos, y siento, que llego a un lugar al que pertenezco, aunque más que al lugar, al habitat, al medio de pertenencia.

Mientras escribo, las montañas se hunden en una espesa niebla, se hace el silencio, se encienden las estrellas, Cheers se echa a mi lado, lomo contra lomo. Recuerdo cómo por primera vez, he sentido vibrar la tierra y ver la llegada de un galope salvaje, sacudiendo su crin dejándose acariciar por las ramas gachas de las encinas doradas. Escenas que con mi mano tapo mi boca abierta de asombro. 

La parte dañada de mí, deformada, torturada, sigue ahí, pendiente de cuándo toda la oscuridad se adueñará de tanta fascinación… cada noche temo que vuelvan las voces dolidas a gritar, pero vuelvo la cabeza a esas montañas, que descansan en la noche, y que permanecen ahí, y que aportan una cierta brújula, un norte en el que sostenerse. Seguimos, la luz y la oscuridad, a por un nuevo despertar.

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